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“Diables”

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10 Octubre 2014
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Los reconoceréis. Los veréis llegar. Envueltos en fuego, en el estrépito de sus cohetes, abriéndose paso a través de la multitud. Vestidos con sus capuchas, sus cuernos, enarbolando tridentes. Asustando a los niños y a los que no son tan niños. Persiguiendo a todo el mundo en su baile de fuego, una orgía salvaje de ruido, adrenalina, calor y fiesta. Son los “Diables”, una de las tradiciones más enraizadas en el folklore catalán,  y qué, junto a los “castells” (las torres humanas) más admiración despierta. El diablo como figura de lo burlesco, lo prohibido, la rebeldía contra lo establecido. La eterna lucha entre el bien y el mal. La luz, el ruido y el fuego, dueños de la fiesta, como en otros muchos rincones del Mediterráneo.

Pero empecemos por el principio. O por los principios, porque son muchos los caminos que desembocan en lo que hoy conocemos como el “Ball de diables”. Por un lado el fuego, elemento imprescindible dentro de nuestra cultura. El fuego purificador y castigador. El fuego que nos calienta y que nos tortura. Temido, respetado y deseado. Pero también el fuego festivo, el fuego que despierta la fantasía. La pólvora, inventada por los chinos e introducida en Europa por los árabes, que ya en la Edad Media se utiliza como elemento en muchas representaciones.

Por otro lado, la tradición oral. Las representaciones orales que servían para explicar hechos pasados  al pueblo y a sus gobernantes, muchos de ellos analfabetos o incapaces de acceder a la tradición escrita. Los entremeses, obras representadas entre plato y plato durante los grandes banquetes señoriales tienen al diablo como protagonista. Es el bufón, el descarado, el que se ríe de todos y de todo, el que saca los colores  a grandes y chicos, a ricos y pobres.

Y los cohetes.  Se explica que la palabra cohete tiene origen catalán, y que esta lengua la toma prestada del Gascón, lengua en la que hablaban muchos de los inmigrantes gascones, que no teniendo otra forma mejor de ganarse la vida en la ciudad de Barcelona y el resto de ciudades catalanas, hacían las representaciones de diablo para entretener al pueblo y a los cortesanos. Precísamente es la palabra gascona “coet” la que se usa para definir al diablo. Y como estos portaban artefactos pirotécnicos para hacer más creíble o espectacular su representación, pronto se asoció la palabra  “coet” con cualquier fuego artificial.

Hay registros de actuaciones “diablescas” ya a mediados del siglo XII,  en forma de entremeses, de sainetes burlescos. “Balls parlats”, o bailes hablados, que explicaban historias de manera gráfica. Pronto las figuras saltan de las cortes a las procesiones, especialmente la del Corpus, siendo los diablos los que abren las mismas, los que abren paso con su ruido, con su fuego. Luego serán los encargados de añadir la crítica, de explicar lo que otros no osan contar, hasta que el arcángel San Miguel los conmina a callar y volver con sus fuegos a las entrañas del infierno.  Esta tradición se extiende rápidamente por la zona del Camp de Tarragona y el Penedès,  y lo que empezó como un “ball parlat” termina como un elemento festivo imprescindible en todas las fiestas mayores de Cataluña, ya sea en su forma hablada o no., y extendiéndose a algunas ciudades de los otros territorios de habla catalana, como el País Valenciano o las Islas Baleares.


Las “colles” ( grupos ) de diablos siguen representando en muchos lugares de la geografía catalana el sainete, el entremés, la lucha entre el bien y el mal, aunque la parte más vistosa de la actuación es lo que se conoce como “Correfoc”. Un “correfoc” es un espectáculo pirotécnico en el que diablos, acompañados de otras figuras mitológicas y animales fantásticos, en especial dragones, bailan bajo el fuego y persiguen a los asistentes al espectáculo. Todo al ritmo endiablado de los timbales y bombos. La gente, protegida con gorros, asiste a una orgía de fuego, ruido y luz.

La mayoría de “colles” repiten  ciertos elementos dentro de las mismas.  Están los diablos, vestidos con trajes ignífugos, protegidos con una capucha, portando las masas en las que se insertan los petardos, llamados “carretilles”,  que giran a gran velocidad mientras esparcen chispas por todas partes, estallando a los pocos segundos. También tenemos a la “Diablesa”, vestida con un traje especial terminado en una larga falda, y que suele llevar las “carretilles” en un tridente más grande que el del resto de los diablos. Y Lucifer, cómo no, el jefe de los demonios, vestido con un enorme casco  y que porta un cetro de grandes dimensiones, en el que se cargan varias decenas de cohetes que serán encendidos a la vez.  Todos ellos secundados por los “tabalers”  ( los diablos que tocan el timbal y que reproducen diferentes  secuencias rítmicas ), por los portantes de los cohetes y por el “metxa”, encargado de encender los cohetes de los diablos y que marca el ritmo en el que las detonaciones se producen.

Durante la “cercavila” ( pasacalles ) o el “correfoc” los diablos pasan entre la gente, haciendo llegar sus chispas hasta el último rincón de las calles y plazas por las que pasan. A veces encienden todos a la vez, y una muralla de fuego se extiende por donde pasan,  emborrachando a los que participan con el fuego, con la luz, con un ruido ensordecedor.  Pero el punto culminante de el espectáculo es la carretillada, que se suele hacer al final del “correfoc”. Los diablos giran en círculo al ritmo de los tabales, y durante unos minutos, se suceden las explosiones ininterrumpidamente, aumentando poco a poco el ritmo hasta el estallido final, en el que diablos, diablesa y Lucifer, todos juntos, hacen estallar sus cohetes mientras iluminan la noche.  Es la tradición salvaje del fuego, el éxtasis, la borrachera que proporciona la pólvora,  que terminará en forma de catarsis colectiva cuando el último petardo estalle.  Luego, todo volverá a la calma. Los demonios regresarán al sitio al que pertenecen. Sólo hasta la próxima vez que una fiesta, que una procesión les permita salir de sus escondrijos y traer la luz, la magia y el fuego a los pueblos y ciudades de Cataluña.


Jose Azuaga es licenciado en filología y apasionado del folklore, la mitología y la música


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