Página en Español

La Leyenda del Héroe - 2

Imprimir Correo
06 Junio 2013
|

Toledo nocturno


El hombre que miró cara a cara a los Dioses

Montando a su bestia más veloz y protegido tan sólo por su acero, sin ejércitos ni guardia, el rey del destino cabalgó hasta la puerta del palacio, aquel que construyera el mítico Hércules, arropado de cerrojos.

Los guardianes de este templo, aquellos leones de piedra, centinelas del secreto mejor guardado, rugieron ante una presencia que notaban amenazante. El que había escuchado los ecos del futuro, sopló de una siringa y embaucó con la música a las bestias. El paso estaba libre.

Desmontó con apremio, sus pasos caían con el aplomo de una decisión tomada sin fisuras y alzando su mirada se enfrentó a una gran puerta rodeada de candados, aquella prohibición ancestral empezaba a dibujar un porvenir impreciso.

No tembló su mano, tenía la convicción que todos esos tesoros protegidos durante siglos corrían peligro, y desoyendo el consejo de la tradición y el respeto a la inviolabilidad del recinto, quiso para él todo lo que guardara aquel sagrado lugar. Desenfundó la espada de sus ancestros y con un golpe certero arremetió con frenesí rompiendo los candados uno tras otro, las cadenas se desenrollaban cayendo al suelo, en los lados, un amasijo de serpientes metálicas dejó al fin libre la puerta tras un breve tiempo de ruido mineral. Era la oportunidad que había esperado, la pesadilla no debía cumplirse, luchaba por hacer realidad su sueño, y de una patada abrió aquel fortín.

Vacilaban sus pasos al cruzar el umbral, se encontraba en un espacio sin luz y estrecho, todo en silencio. Al poco pudo ver un foco de luz al fondo del pasillo donde se dirigió sin miedo y desembocando en una sala grande, observó admirado que la estructura interior del palacio era por completo circular cuando en su exterior se construían sus muros con ángulos rectos formando un cuadrado perfecto.

Se encontraba en una sala grande e iluminada por antorchas inagotables como el patio de armas de su castillo en una noche de eterna vigilia. Sus suelos eran esmaltados y brillantes, con la pátina de una joya pulida, donde se dibujaban figuras geométricas que formaban un esquema complejo, un ejercicio de simetría de factura no humana que le asombró, cuya mera contemplación desorientaba a la vista, repleto de líneas que apuntaban todas hacia el mismo lugar, indicando que el centro del mundo se encontraba allí, ese punto central desembocaba en una cavidad, ¿la entrada a la cueva?

En este fantástico escenario, el gran monarca de los godos no era más que un hombre desconcertado. Deslizando sus pasos con cautela, se aproximó al hueco y pudo observar como nacía una escalera de caracol que apresuradamente descendió sin remordimiento alguno. Contando los escalones hasta nueve veces nueve, llegó hasta un pasillo imponente donde se apostaban dos gigantes de bronce guardando la entrada al recinto, justo tras los guardianes, se divisaba una gran oquedad de insoportable negrura.

Osado es el hombre que desea ponerse a la altura de un héroe, audaz el que nace con el propósito de elevar su naturaleza.


Cueva de Hércules

Este mortal, corrió hasta aquella gran abertura y uno de los gigantes accionando su mecanismo y generando una vida robótica, tosca y destructiva, quiso aplastarle con una gran maza que portaba en sus manos, no lo consiguió, el suelo retumbaba como el vientre de un dragón escupiendo un infierno por su boca, Rodrigo seguía vivo.

El segundo autómata se apostó en mitad de la entrada, su metálica mirada seguía los pasos del intruso, levantó un gran martillo y emitiendo un chirrido ensordecedor, dejó caer su mazo con tanta rapidez que nuestro viajero sintió su final. En este mismo instante y con ese miedo que aviva la supervivencia, no se sabe muy bien cómo, Rodrigo fue a refugiarse bajo uno de sus pies, y la segunda mole metálica, buscando al enemigo, erró en el golpe y arremetió equivocadamente, quedando cojo y cayendo pesadamente hasta que su coraza chocando contra el suelo, se quebró en dos mitades.

El rey de los hombres lo había conseguido, era libre para entrar, libre para cumplir un sueño del que quería despertar a su pueblo, pero en aquellas soledades y con el sudor como aliado, una sombra escurridiza le acarició la espalda. Estaba frente a frente ante la cueva de Hércules.

Justo encima de su cabeza pudo observar una piedra labrada, perfilábase un mensaje en una extraña lengua que fue poco a poco transformando sus caracteres en un idioma inteligible para él. Allí se dibujaba una bestia híbrida entre la lluvia, luchando contra un sol oscuro, era un pájaro con garras de león y cola de serpiente, dispuesto a atacar a su presa; justo al lado un mensaje que decía:

“Hasta aquí el hombre puede ser dueño de lo que le pertenece, su realidad acaba tras este umbral. Aquí comienza un nuevo camino con una única advertencia:

Viajero, si temes los horrores de la serpiente que liba en el río donde nace el fuego, no te atrevas, no te encamines, no penetres, pues algo que nace de las profundidades poseerá para siempre tu alma”.

El mensaje desapareció difuminándose en el aquel granito.

Nuestro perplejo caminante se adentraba en los prodigios de un lugar sin tierra.


Los prodigios de un lugar sin tierra

Sus pasos no tocaban el suelo, fue lo primero que percibía justo antes de cerrar los ojos y correr suicidamente hasta el interior de una profundidad que nuca fue violada por hombre alguno.

Pudo sentir como sus primeros pasos rompían pequeños trozos de piedra blanda, aquel era un lugar cercano al Hades pensó, una tierra ignota de misterios nunca vistos, un lugar entre la vida y la muerte, el escenario de infernales fantasías y fabulosos tesoros.

La luz jugaba a escaparse por entre unas grietas que penetraban como espadas de luz, casi todo estaba en una penumbra indefinida y había polvo en suspensión, el rey Rodrigo con lentitud penetró por los túneles que se bifurcaban en varias salas, era un mudo laberinto, el mundo del caos en silencio perpetuo, un lugar sin tierra que parecía ajeno a la presencia de nuestro extraño peregrino.

Tras dudar por un instante, dio una vuelta completa a un círculo cerrado y luego viró a la derecha, se asustó, el aire quedó inmóvil en sus pulmones, no podía creer lo que tenía frente a sí, era una sala circular, allí pudo ver una serpiente de dos metros de alta, enroscada en sí misma, con la boca en su cola como una interminable cuerda del tiempo que dormía sin descanso, como un monstruo que se devoraba y se vomitaba a la vez, sin esfuerzo alguno, dormitando en eternidades. Pudo ver, a cada paso que daba, maravillas nunca concebidas por la mente de un hombre: en una sala de factura negra y suelo viscoso dejó sus botas para seguir caminando descalzo.


Mesa de Salomòn

En una sala blanca, halló por doquier huesos y pieles de los renacidos con dolor.

En una sala rodeada de espejos, se topó con los sueños desnudos de una bestia que espera su momento para despertar.

En una sala de perpetuo atardecer donde nacían de las piedras manzanas de oro, se maravilló al intuir que aquellas delicias sólo sacian a los que han cruzado sin heridas las orillas que dan al otro lado.

Penetró en una sala con forma elíptica, en su techo pudo ver un dibujo ocre del gigante geométrico. Vislumbró ante su mirada el secreto del principio, el origen de su mundo, la ceración del hombre, pudo ver al /Hércules ingrávido/, mensajero estelar del conocimiento que se guardaba en aquellas soledades subterráneas.

Finalmente, caminando como guiado por el instinto, llegó a la sala en cuyo centro se encuentra la corona de la Luz del amanecer, tesoro que soportaba el cofre del destino. En el centro del habitáculo, un altar, una mesa-joya imponente sujetada por patas que desplegaban un fulgor áureo y en cuya superficie reposaban extraños símbolos grabados, muy parecidos a las figuras geométricas que se encontró justo en la sala de entrada.

Encima de aquella piedra cúbica de color negro perfectamente pulida, se encontraba algo parecido a un cofre que polvoriento se protegía por un candado, ¿por cuánto tiempo había estado allí? Quizás el tiempo no sea suficiente para medir algunos secretos, reflexionó Rodrigo.

Nuestro protagonista de lo insólito, tenía antes sus ojos una realidad en cuyo interior se guardaba lo que nunca perteneció a ninguno de los suyos, una entelequia, la quimera del gigante primordial, cuyo recóndito sentido pertenecía por qué no al mismísimo Hércules, al fundador de una ciudad como origen del mundo, el mundo que él conocía y al que quería salvar a la mayor de sus glorias.

A sabiendas de la historia que inauguró al hombre en su errático devenir, al rey se le nubló la vista y creyó que él también podría por qué no, convertirse en un héroe, elevar su naturaleza, y su mano empuñó fuertemente la espada que forjaría un después tras el choque del metal en aquel objeto de ultratumba.

Un grito desgarró el silencio arañando las esquinas, violentando las tinieblas, una voz quebrada retumbó en aquel hueco de infinita oscuridad, la espada había roto el cofre, y allí sin más, se aproximaba nuestro pretendido semidios como esperando encontrar el secreto de su poder sobrehumano, asomado a un futuro sin retorno.


Un futuro sin retorno

Llegada la hora de la verdad, su cabeza vacilaba al asomarse con respeto, sus ojos soñolientos querían asombrarse de nuevo pero su rostro no quedó iluminado por el brillo, su boca no quedó de par en par, el momento se detuvo en decepción. Visto el interior del cofre, nuestro incansable navegante de misterios, solamente pudo ver un pergamino enrollado sin más, lacrado eso sí, por una substancia que recordaba a una piedra líquida. Sus manos sacaron aquello y sin vacilar extendió aquel documento donde pudo ver un dibujo y una leyenda a modo de texto.

Todo seguía generando la tensa sensación de lo impreciso, el dibujo representaba unos caballos blancos algo más esbeltos de lo normal, con su cola siempre erguida, en el lomo de estas bestias sus jinetes se antojaban exóticos, en su cabeza ya que en su cabeza portaban bandas de tela que les rodeaba por completo su frente dejando ver un rostro moreno, poblado de barba y con una nariz grande y aguileña. En su mano diestra sujetaban unas espadas de forma curva como de media luna que se ensanchaban en el filo superior. Este último detalle le indujo a pensar que se trataba de soldados nuca vistos por estas tierras. ¿Quiénes eran estos personajes, que papel crucial poseían estos originales soldados?


La imagen se nutría de otros detalles: los caballos saltaban un paso de agua entre dos tierras, una de ellas era como un islote. Algunos personajes flotaban por los aires, otros besaban el suelo y otros eran transportados por naves forradas como de oro. Su emblema era de color rojo, y se observaba entre la multitud a un cabecilla que parecía orar al cielo pidiendo el amparo de sus dioses. Luego al llegar a tierra, el emblema rojo se extendía por doquier, un manto de sangre cubría aquel nuevo lugar conquistado, bajo este dibujo, se plasmaban las siguientes letras en tizón: */el maldito será vencido por este ejército/* La mano del rey comenzó a temblar.


El maldito será vencido

De nuevo ese escalofrío por la espalda, una sombra negruzca que acariciaba vértebra a vértebra un miedo incontestable, Rodrigo empezó a palpitar agitadamente, ¿dónde estaban los tesoros para salvar las penurias de sus súbditos? ¿Y sus propias miserias? ¿Dónde la fórmula mágica de Hércules para ser inmortal? ¿Dónde se encontraba el gran poder que convierte a un hombre en el Héroe de su pueblo? ¿Dónde estaba el sueño que quería poseer? ¿Dónde la solución final a su desvelo? Nada de lo que había visto respondía a sus anhelos, una condenación cayó sobre él, un pesado arcano convirtió este manuscrito en la más horrenda de las derrotas, */el maldito será vencido por este ejército/*, se repetía en su cabeza como un gusano penetrante en el corazón.

Los muros de la cueva empezaron a temblar ¿o sería el miedo que retumba más allá de su cuerpo? El rey asustado se apresuró a salir de la cueva pero se perdió, extravió su camino, malgastó sus fuerzas. La gran serpiente, la que repta en la cueva y es más antigua que el tiempo, fue devorando el cuerpo sin alma de una adán caído, un desheredado cuya memoria tendrá un suspiro de eterna decepción. Su cuerpo se convirtió en las escamas del gigante.

En las calles de Toledo, la muchedumbre ignoraba lo que se le venía encima, las sombras siempre se ciernen bajo lo cotidiano. Cuentan que antes de lo inevitable, a la ciudad compareció una enorme águila bicéfala que eclipsó el sol. Un gran monstruo surcó los cielos, en su plumaje negro se atisbaba la penuria. De los picos de este monstruo salían dos tizones encendidos, la bestia dio tres vueltas alrededor del palacio encantado y dejó caer los tizones con fuerza, la torre que quedó herida por el rayo, y el fuego se hizo dueño de sus muros.

Aquel desastre y sus rescoldos, duraron hasta que el centinela de Toledo hizo sangrar su garganta por un grito presagio de innumerables cambios, y todo cambio se nutre del caos. En ese instante se dice que una lluvia bañó el rostro del vigía y que las gotas de lluvia al contacto con los hombres y mujeres de la ciudad se tornaron en sangre como si la muerte fuera marcando a los que recogería más tarde.

En memoria de aquel suceso, se dice que en Toledo un día anidó un sol negro en un tiempo ya olvidado, se dice que un águila deforme de dos cabezas preside el recuerdo de sus puertas. Y la ciudad cobijó al fin su magia y su inmenso poder quedó escondido en sus entrañas.

Lo demás es historia, los pasos escritos del recuerdo que añoran un final distinto.

Según los que empapan con sus letras las imágenes del pasado, Tariq y su ejército llegó a las costas de Iberia en el año 711, movidas por una traición y un sueño profético venido de un único dios llamadoAllāh. Un ciclo había concluido y el hombre que pudo reinar en paz con los suyos, será recordado como el exiliado del paraíso, como el vano intento de imaginar que se es un hombre que conquista las alturas más allá de cualquier cielo.

Esta es la leyenda del Héroe y su final desenlace.

Que todos los símbolos del bosque iluminen al que venga detrás de este mito.


*Dei Omnes Munda Edunt*

 

del libro “Descenso a la Cueva de Hércules”


www.paseostoledomagico.es


Julio César Pantoja es humanista, escritor y poeta, licenciado en Ciencias Jurídico-Sociales con estudios especializados en el sector turístico



Artículos relacionados:

La Leyenda del Héroe - 1

|
 

Síguenos en:

Seguici su Facebook Seguici su Twitter Seguici su YouTube